A algunos les ha costado reconocerlo, pero al menos parece que el diagnóstico ya está claro: el sistema financiero mundial se encuentra inmerso en una grave crisis, que arrastra a la gran mayoría de los sectores productivos y presenta un correlato dramático para la economía de las familias. La hasta hace poco inesperada y ahora tan cacareada “quiebra del capitalismo” ha traído consigo un sinfín de preocupaciones para los ciudadano de a pie, incluso para los más izquierdistas, que en otras circunstancias hubieran recibido con alborozo la culminación de las profecías de Marx y Engels.
Sin embargo, incluso a los optimistas les resulta hoy difícil encontrar motivos para la celebración, al encontrarse con que indicadores tan cotidianos como el
encarecimiento de la cesta de la compra o la pérdida de valor de las viviendas invitan a pensar en la moderación y en el ahorro, en dejar para el futuro los caprichos innecesarios y apretarse el cinturón, recurriendo al ingenio, los outlets y las marcas blancas como armas de una batalla cada vez más dura por pagar la hipoteca y llegar dignamente a fin de mes.
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Resulta que, cuando por fin el Gobierno ha admitido la existencia de la crisis, los medios de comunicación han vuelto a subir otro peldaño en la escalada terminológica. Lo que antes era una situación económica crítica, ahora está más cerca de ser un devastador fenómeno meteorológico (”tormenta”, “tsunami”, “terremoto”), una catástrofe de corte apocalíptico (”debacle”, “colapso”, “derrumbe”), un “crack“, un “crash” o algún otro tipo de estallido onomatopéyico alarmante y suficientemente sobrecogedor. Ningún diario quiere perder la oportunidad de escribir con letras de oro esta nueva página de la Historia, y ningún periodista la ocasión de firmar los
reportajes a los que, en el futuro, acudirán los estudiantes y académicos en busca de información sobre la crisis internacional de 2008.
Ahora bien, lo que los grandes empresarios de la comunicación no parecen intuir son las consecuencias más cercanas que esta debacle sensacionalista puede desatar. La gran mayoría de los economistas coinciden en afirmar que la luz al final del túnel se verá cuando los agentes económicos recuperen la confianza: los bancos prestarán dinero otra vez, los inversores volverán sus miras a la Bolsa, se reactivará el consumo de las familias… Y no es precisamente que los medios de comunicación contribuyan con sus hipérboles y sus excesos a crear este necesario clima de certidumbre, sino más bien todo lo contrario, ya que no se muestran dispuestos a renunciar a la espectacularidad y el dramatismo a pesar de la petición explícita del Gobierno y de que a muchos les va la vida en ello…
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