Hoy he podido ver dos de los filmes nominados para el Óscar a la mejor película (que si no se está decidiendo mientras escribo, pues son las 2 de la madrugada, poco le debe faltar), de los cuales he sacado conclusiones e impresiones dispares: Sweeney Todd, la nueva película-musical de Tim Burton, y Juno, una producción nacida como independiente (de hecho ha sido merecedora del premio Spirit, considerado el Óscar de las pelis “indie”) que se ha convertido en un auténtico taquillazo.
A falta de American Gángster entre las nominadas y con la durísima competencia de No Country For Old Man y There Will Be Blood (mucha menor valoración otorgo a Michael Clayton y Expiación), tanto la obra de Burton como la pseudo-comedia que protagoniza la joven promesa Ellen Page me han parecido candidatas bastante dignas a la preciada estatuilla.
Sin otro criterio que el de preferencia personal, dejaré de momento a un lado Juno y voy a a centrarme en Sweeney Todd: El diabólico barbero de la Calle Fleet, una película que atesora errores y aciertos en una proporción afortunadamente favorable a estos últimos. En primer lugar, contraviniendo la opinión de algunos blogs especializados y acordando con otros, diré que el formato musical me ha parecido todo un acierto por parte de Burton.
Es verdad que las canciones eclipsan por completo los diálogos, es cierto también que algunas se repiten con demasiada insistencia (podemos acabar hastiados del “I`ll steal you, Johanna”) y no negaré que su calidad dista mucho de alcanzar la de los temas de la banda sonora de otros de sus filmes (sin ir más lejos, Charlie y la Fábrica de Chocolate y, aún más claramente, La novia cadáver). Se nota la ausencia de Danny Elfman.
No obstante, para mí la clave de una película de Burton no está en el apartado musical. Ni siquiera está en el guión, la trama o el argumento (por detras de los de predecesoras como Sleepy Hollow o Eduardo Manostijeras), lleno de tópicos y de giros predecibles e incluso de escenas que me decepcionan, como aquella en la que perdona la vida a su amada hija de pura casualidad.
La clave de las obas del maestro Burton está, pues, en la ambientación, en la puesta en escena. Los decorados, la iluminación, el maquillaje, el vestuario, los planos escogidos: todo contribuye a crear esa atmósfera tan característica del universo Burton, que no falta en Sweeney Todd. Es algo que yo defino como “terror para niños”, una suerte de películas gore, oscuras y hasta góticas que, no obstante, tienen ese puntito naïf que las hace tan atractivas.
No hay más que ver las escenas en que la señorita Lovett se imagina cómo sería su vida al lado de Todd. Escenas de campo, playa, paisajes románticos, una boda en una apartada y solitaria capilla… Todas ellas escenas idílicas, utópicas, de sueños; que no obstante aparecen cubiertas por ese velo burtoniano de misterio que empalidece las luces, ensombrece los rostros y hace que los personajes lleguen a lo grotesco y el absurdo (impagables los trajes de baño de los protagonistas) sin resultar ni por un momento ridículos o ñoños.
Lo formal supera al contenido hasta el punto de convertirlo en accesorio. El espectador no necesita una historia convinecente, se conforma con guiños y pinceladas de ese humor negro tan propio de Burton. Muestra evidente es la canción que los protagonistas entonan en el momento en que deciden utilizar cadáveres humanos como sustitutivo de la encarecida carne de animal para las empanadas de la señorita Lovett. O también las intervenciones del irreverente e histriónico Sacha Baron Cohen, que cuenta en la película con un papel a medida.
Todo esto va conformado el cóctel que hace de Sweeney Todd una obra maestra, y eso que todavía ni siquiera he mencionado el reparto. El film cuenta, de hecho, con un elenco de excepción. Johnny Deep vuelve a demostrar que es un actor brutal, polifácetico y capaz de sacar adelante todo tipo de personajes y situaciones. Como el diabólico barbero Sweeney Todd, Deep pasa sin histrionismos del humor al laconismo, de la socarronería a la histeria, de la frialdad al desconcierto. Y el resto del reparto no se queda atrás, pues encontramos interpretaciones y voces técnicamente impecables que acompañan excepcionalmente el magistral producto de la alianza Burton-Deep que tan buenos frutos está cosechando.
Y para concluir este post, una pequeña quiniela antes de haber consultado los resultados:
- Mejor película: No Country For Old Men
- Mejor actor: Johnny Deep
- Mejor actor de reparto: Javier Bardem
En las demás categorías prefiero no mojarme, aunque debo decir que Ellen Page me parece toda una promesa de Hollywood.
A estas horas (las 2:30 de la madrugada), probablemente, la suerte estará ya echada. And the winner is…











Genial, el blog, David. Sobre todo, cómo no, esta entrada, que para eso fuimos juntos a ver las películas junto a más compañeros
Pero vamos, las otras dos entradas también están muy bien, se nota que tienes un buen espíritu crítico y de análisis (y no lo digo por decir).
Voy a poner un enlace de tu blog en mi ídem. Si no quieres, me lo dices y ya está. ¡Saludos!
Se me ha olvidado comentarte hoy, David: “Sweeney Todd” se llevó el Oscar a la Mejor Dirección Artística.
¡Saludos!